Los cerebros de 90+: qué nos enseñan las personas que envejecen con la mente preservada

90 años con buena memoria

Los cerebros de 90+: qué nos enseñan las personas que envejecen con la mente preservada

Llegar a los 90 años con autonomía, curiosidad, memoria funcional y capacidad de tomar decisiones no es una rareza anecdótica: es una realidad científica cada vez mejor estudiada. Las personas de 90 años o más —los llamados oldest-old o “mayores de mayor edad”— están ayudando a responder una de las preguntas más importantes de la neurociencia del envejecimiento: ¿por qué algunos cerebros mantienen un buen funcionamiento cognitivo a pesar del paso del tiempo e, incluso, de cambios cerebrales asociados a enfermedades neurodegenerativas?

La respuesta no parece estar en un único gen, suplemento, hábito o intervención. Más bien, los estudios apuntan a una combinación de menor acumulación de patología, mayor reserva cerebral y cognitiva, mejor salud vascular, adaptación de las redes neuronales y factores sociales y conductuales acumulados durante décadas.

Envejecer no es sinónimo de perder la capacidad mental

La edad es el principal factor de riesgo para el deterioro cognitivo y las demencias, pero no es un diagnóstico. A partir de los 90 años aumenta la heterogeneidad: algunas personas presentan deterioro importante, mientras otras conservan una vida intelectualmente activa, reconocen a sus seres queridos, manejan conversaciones complejas y mantienen una buena capacidad de decisión.

Por ello, no basta con preguntar si alguien “tiene o no demencia”. En una valoración clínica de una persona de 90+ conviene integrar:

  • Rendimiento cognitivo por dominios: memoria, lenguaje, atención, funciones ejecutivas y habilidades visuoespaciales.

  • Evolución respecto a su funcionamiento previo.

  • Autonomía en actividades básicas e instrumentales de la vida diaria.

  • Información de un familiar o cuidador que conozca los cambios observados.

  • Estado de ánimo, sueño, dolor, aislamiento, visión y audición.

  • Enfermedad vascular, polifarmacia, fragilidad y otros factores médicos que pueden afectar a la cognición.

En otras palabras, el objetivo no es comparar a una persona de 92 años con su rendimiento a los 40, sino determinar si su funcionamiento es coherente con su historia, sus recursos, su contexto y su potencial de independencia.

 

El gran laboratorio de los 90 años

Uno de los proyectos más relevantes en este campo es The 90+ Study, desarrollado en la Universidad de California en Irvine. Esta cohorte longitudinal sigue a personas de 90 años o más con evaluaciones regulares de cognición, función física, hábitos de vida, antecedentes médicos y, en algunos casos, análisis neuropatológico tras el fallecimiento. Ha permitido estudiar no solo por qué aparece la demencia en edades extremas, sino también por qué algunas personas conservan capacidades cognitivas notables.

Otra iniciativa importante para el ámbito hispanohablante es MADRID+90, un estudio español diseñado para caracterizar el envejecimiento saludable y patológico en personas de 90 años o más que viven en la comunidad. Su aproximación es especialmente completa: incluye información clínica, funcional, neuropsicológica, social y de estilo de vida, además de una evaluación ampliada con exploración neurológica, resonancia magnética y electroencefalograma en una submuestra.

Estas cohortes son esenciales porque las conclusiones obtenidas en adultos de 65 o 75 años no siempre pueden extrapolarse a quienes han superado los 90. En la décima década de vida, la convivencia entre multimorbilidad, fragilidad, alteraciones sensoriales y preservación cognitiva obliga a una mirada mucho más individualizada.

¿Qué caracteriza a un cerebro resiliente?

La investigación está reemplazando una idea simplista —“un cerebro sano es un cerebro sin lesiones”— por una visión más precisa. Algunas personas preservan sus capacidades cognitivas porque han acumulado menos patología neurodegenerativa; otras, en cambio, mantienen un buen rendimiento incluso cuando existen cambios cerebrales asociados al envejecimiento o a la enfermedad de Alzheimer.

Para entenderlo, son útiles cuatro conceptos:

Concepto Qué significa
Resistencia cerebral El cerebro desarrolla o acumula menos patología de la esperada con la edad
Resiliencia cognitiva La persona mantiene una buena cognición pese a presentar cambios cerebrales que, en otras personas, se asociarían a deterioro
Reserva cognitiva Recursos construidos a lo largo de la vida —educación, ocupación, aprendizaje, actividad intelectual y social— que ayudan a tolerar mejor los cambios cerebrales
Compensación Capacidad del cerebro para utilizar rutas, redes o estrategias alternativas ante pérdidas relacionadas con la edad o la enfermedad

Los hallazgos del 90+ Study muestran que algunas personas cognitivamente íntegras cerca de los 100 años pueden presentar signos neuropatológicos relacionados con Alzheimer o enfermedad vascular. Sin embargo, quienes conservaban una cognición global superior mostraban menor susceptibilidad a determinadas patologías neurodegenerativas adicionales, especialmente cambios vinculados con cuerpos de Lewy.

Este hallazgo no significa que la patología de Alzheimer sea inocua. Significa que la relación entre biomarcadores, lesiones cerebrales y desempeño cognitivo no es lineal ni idéntica para todos. Dos personas pueden tener una carga cerebral aparentemente similar y funcionar de manera muy diferente.

Más allá de la memoria: un perfil integral

Cuando hablamos de cognición preservada después de los 90 años, no nos referimos únicamente a “recordar bien”. La memoria episódica es importante, pero una vida independiente exige muchos otros recursos:

  • Mantener la atención durante una conversación o una tarea.

  • Organizar medicamentos, citas o finanzas según el grado de responsabilidad habitual.

  • Resolver problemas cotidianos.

  • Comprender información relevante para la salud.

  • Adaptarse a cambios de rutina.

  • Comunicarse con claridad.

  • Tomar decisiones consistentes con valores y preferencias personales.

Por eso, las pruebas cognitivas deben interpretarse junto con la funcionalidad. Una puntuación aislada no define a una persona. La escolaridad, el idioma, la trayectoria ocupacional, las oportunidades de aprendizaje, las pérdidas auditivas o visuales y la cultura influyen en cómo se expresa el rendimiento cognitivo.

En personas muy mayores, además, los cambios sensoriales y físicos pueden afectar el resultado de una evaluación. Una prueba de memoria aparentemente baja puede reflejar que la persona no escuchó bien las instrucciones; una lentitud marcada puede relacionarse con artritis, fatiga, mala visión, dolor o efectos de medicamentos, y no necesariamente con una enfermedad neurodegenerativa.

Los “SuperAgers”: memoria excepcional en la edad avanzada

Dentro del estudio del envejecimiento exitoso existe un grupo todavía más selecto: los llamados SuperAgers. Generalmente se define así a adultos mayores de 80 años que conservan una memoria episódica comparable a la de personas varias décadas más jóvenes, junto con un rendimiento adecuado en otras áreas cognitivas.

Los estudios de SuperAgers han descrito diferencias en estructura cerebral, características clínicas y estilos de vida respecto de controles de la misma edad. También se ha observado que estas personas pueden experimentar una pérdida de volumen cerebral más lenta que la esperada en el envejecimiento habitual.

Sin embargo, hay que ser prudentes. El término “SuperAger” es útil para investigación y comunicación, pero no debe convertirse en una nueva exigencia social. No todas las personas de 90 años necesitan tener una memoria “extraordinaria” para envejecer bien. Mantener identidad, autonomía posible, vínculos significativos, bienestar emocional y capacidad de decisión también son expresiones profundas de salud cerebral.

Qué puede proteger la cognición

La ciencia todavía no ha identificado una fórmula única para llegar a los 90 con la mente preservada. Los estudios observacionales no permiten afirmar que un solo hábito “cause” longevidad cognitiva. Aun así, existe un patrón consistente: la salud cerebral en la vejez parece construirse durante toda la vida.

Los factores más razonables para integrar en prevención y educación sanitaria incluyen:

  • Control activo de hipertensión, diabetes, dislipidemia, fibrilación auricular y otros riesgos vasculares.

  • Actividad física adaptada y sostenida, con trabajo aeróbico, fuerza, equilibrio y movilidad según posibilidades individuales.

  • Vida social significativa y reducción del aislamiento.

  • Estimulación cognitiva vinculada con actividades valiosas: aprender, leer, conversar, enseñar, crear, resolver problemas y participar en la comunidad.

  • Protección del sueño y detección de trastornos como apnea del sueño.

  • Evaluación y tratamiento de pérdida auditiva y visual.

  • Prevención de caídas, fragilidad, inmovilidad y desnutrición.

  • Revisión de fármacos, especialmente aquellos con carga anticolinérgica, sedación o riesgo de confusión.

  • Atención oportuna a depresión, ansiedad, duelo complicado, dolor crónico y soledad.

El mensaje no es que estos factores garanticen evitar la demencia. La genética, las enfermedades acumuladas y el acceso a cuidados también influyen. Pero sí pueden aumentar la probabilidad de llegar a edades avanzadas con mayor reserva, mejor salud general y más oportunidades de conservar funcionalidad.

La lección clínica: no asumir deterioro por edad

Uno de los riesgos del edadismo clínico es considerar que la pérdida de memoria, la apatía, la lentitud o la confusión son “normales” porque alguien tiene 90 años. No lo son automáticamente.

Una persona de 90 años puede presentar un deterioro cognitivo leve, una demencia, depresión, delirium, efectos adversos de medicamentos, hipoacusia no compensada, hipotiroidismo, déficit de vitamina B12, apnea del sueño o una combinación de varios factores. Identificar la causa importa porque algunas condiciones son tratables, prevenibles o modificables.

La edad avanzada también debe cambiar la pregunta que hacemos. En lugar de centrarnos solo en “¿cómo prevenir demencia?”, es útil preguntar:

  • ¿Qué capacidades quiere preservar esta persona?

  • ¿Qué dificultades concretas están afectando su vida diaria?

  • ¿Qué factores modificables están reduciendo su desempeño?

  • ¿Cómo podemos apoyar autonomía, seguridad, participación social y calidad de vida?

  • ¿Qué decisiones anticipadas desea tomar mientras mantiene plena capacidad?

Una mirada más humana del cerebro longevo

Los cerebros de 90+ nos enseñan que el envejecimiento no es una trayectoria uniforme. Nos recuerdan que una larga vida puede incluir vulnerabilidad física y, al mismo tiempo, gran lucidez; que la presencia de cambios cerebrales no determina de manera absoluta la capacidad funcional; y que la salud cognitiva se relaciona con el cerebro, pero también con el cuerpo, los vínculos, el entorno y la historia de vida.

Estudiar a quienes llegan a edades extremas con la cognición preservada no busca crear un ideal imposible de juventud eterna. Busca descubrir qué mecanismos biológicos, clínicos y sociales favorecen la resiliencia, para que más personas puedan vivir más años con autonomía, propósito y conexión.

El objetivo final no es solamente añadir años a la vida. Es añadir, en la medida de lo posible, vida, decisión y dignidad a los años.

 

Dra. María Olivia Goncalves, PhD

Neurocientífica y CEO de Grupo Sinapsis

 


Referencia

  1. Biswas, R., Kawas, C. H., Montine, T. J., Bukhari, S. A., Jiang, L., & Corrada, M. M. (2023). Superior global cognition in oldest-old is associated with resistance to neurodegenerative pathologies: Results from The 90+ Study. Journal of Alzheimer’s Disease, 93(2), 561–575. https://doi.org/10.3233/JAD-221062
  2. Fernández-Blázquez, M. A., del Ser, T., Frades-Payo, B., Ávila-Villanueva, M., Valenti-Soler, M., Calero, M., Medina, M., & de Pedro-Cuesta, J. (2021). MADRID+90 study on factors associated with longevity: Study design and preliminary data. PLOS ONE, 16(5), Article e0251796. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0251796

 


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