Nueva guía de la OMS 2026: un nuevo impulso para la prevención y la salud cognitiva

Nueva guía de la OMS 2026: un nuevo impulso para la prevención y la salud cognitiva

Nueva guía de la OMS 2026: un nuevo impulso para la prevención y la salud cognitiva

La publicación de la segunda edición de las directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para reducir el riesgo de deterioro cognitivo y demencia constituye una buena noticia para quienes trabajamos desde hace años en prevención y neuroprotección.

No se trata simplemente de una actualización técnica. La nueva guía confirma que hoy contamos con más evidencia para intervenir antes, actuar sobre distintos factores de manera simultánea y desarrollar estrategias adaptadas a las necesidades de cada persona y comunidad.

La ciencia no ofrece garantías individuales frente a la demencia. Sin embargo, cada vez permite identificar con mayor precisión qué condiciones podemos modificar, qué intervenciones cuentan con respaldo y cómo podemos proteger la salud cognitiva a lo largo de la vida. Ese avance amplía nuestras posibilidades de preservar la función, fortalecer la autonomía y favorecer un envejecimiento con mayor calidad de vida.

Publicadas el 15 de julio de 2026, estas directrices actualizan la primera edición de 2019 y reflejan el crecimiento sustancial de la evidencia durante los últimos años. Su mensaje central es claro: reducir el riesgo de demencia debe convertirse en una prioridad de salud pública y en una capacidad concreta de los servicios sanitarios, los profesionales y las comunidades.

De conocer los factores de riesgo a saber cómo intervenir

La Comisión de The Lancet de 2024 ayudó a visibilizar que una proporción importante de los casos de demencia se relaciona con factores potencialmente modificables. En nuestra serie anterior analizamos esos factores y su influencia en las distintas etapas de la vida.

La nueva guía de la OMS permite dar el siguiente paso. En lugar de volver a preguntarnos únicamente cuáles son los riesgos, examina las intervenciones disponibles para actuar sobre ellos.

Esta diferencia es fundamental. Conocer que la hipertensión, la diabetes, la inactividad física, el tabaquismo, la pérdida auditiva o el aislamiento social se asocian con mayor riesgo no produce, por sí solo, una transformación. Para que el conocimiento tenga impacto debe traducirse en evaluación, prioridades, objetivos, acompañamiento y seguimiento.

La OMS dirige sus recomendaciones a adultos que no viven con demencia, incluidas personas con cognición conservada y personas con deterioro cognitivo leve. Además, ofrece una base para que profesionales, instituciones y responsables de políticas integren la reducción del riesgo dentro de programas de atención primaria, enfermedades no transmisibles, envejecimiento y salud comunitaria.

Este cambio acerca la prevención a la práctica. Ya no se limita a una aspiración futura: empieza a tomar la forma de intervenciones que pueden organizarse, adaptarse y evaluarse.

¿Qué recomienda la OMS para reducir el riesgo de demencia?

La guía reúne acciones sobre comportamientos saludables, condiciones médicas, salud sensorial, factores ambientales e intervenciones que abordan varios riesgos al mismo tiempo.

Entre sus principales orientaciones se encuentran:

  • promover la actividad física;

  • ofrecer apoyo para abandonar el tabaco;

  • reducir el consumo perjudicial de alcohol;

  • favorecer una alimentación saludable y equilibrada;

  • mantener la actividad cognitiva y la participación social;

  • atender la hipertensión, la diabetes, la dislipidemia y el exceso de peso;

  • ofrecer auxiliares auditivos a las personas con pérdida de audición cuando estén indicados;

  • reducir la exposición a la contaminación del aire;

  • desarrollar intervenciones multidominio adaptadas a la persona o población.

La OMS también mantiene una recomendación en contra de utilizar vitaminas B y E, omega-3, multivitamínicos o minerales con el objetivo específico de reducir el riesgo de deterioro cognitivo o demencia cuando no existe una deficiencia diagnosticada. Esto no excluye su uso cuando hay una indicación clínica; evita presentarlos como una solución preventiva universal.

Lo importante es comprender que las recomendaciones no poseen todas la misma fuerza ni el mismo nivel de certeza. Esta gradación no invalida la prevención. Al contrario, permite aplicarla con mayor criterio.

Área Orientación de la OMS Lectura práctica
Actividad física Recomendación fuerte para adultos con cognición normal; condicional para personas con deterioro cognitivo leve Debe ocupar un lugar central, con adaptación a la capacidad y seguridad de cada persona
Tabaco Recomendación fuerte para ofrecer intervenciones de cesación Abandonar el tabaco beneficia la salud general y forma parte de la reducción del riesgo cognitivo
Alimentación saludable Recomendación condicional con evidencia moderada Debe integrarse en un plan realista, no convertirse en una dieta rígida o una promesa aislada
Entrenamiento y estimulación cognitiva Recomendaciones condicionales Pueden incorporarse en personas con cognición normal o deterioro cognitivo leve, considerando objetivos y contexto
Actividad social Recomendación condicional La conexión y la participación forman parte de una estrategia integral de salud y bienestar
Salud cardiometabólica y auditiva Recomendaciones condicionales según el factor El control clínico y la atención sensorial pueden integrarse en el plan de reducción de riesgo
Intervenciones multidominio adaptadas Nueva recomendación condicional con certeza moderada a alta Constituyen una de las direcciones más prometedoras para pasar de consejos aislados a programas estructurados

Esta lectura evita dos extremos: presentar la prevención como una garantía o reducirla a un conjunto de recomendaciones débiles. La evidencia permite actuar, siempre que las decisiones respeten el perfil clínico, las preferencias, los recursos y las condiciones de vida.

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El gran avance: intervenciones multidominio y personalizadas

Una de las contribuciones más importantes de la edición de 2026 es la nueva recomendación sobre intervenciones multidominio adaptadas.

La OMS utiliza el término “multidominio” para describir estrategias que actúan simultáneamente sobre varios factores. Pueden combinar actividad física, alimentación, entrenamiento cognitivo, participación social y control cardiovascular. “Adaptada” significa que los componentes, la intensidad y la modalidad se seleccionan de acuerdo con los riesgos presentes y con el contexto cultural, socioeconómico y asistencial.

Este enfoque reconoce cómo se presenta el riesgo en la vida real. Los factores rara vez aparecen de forma aislada. Una misma persona puede vivir con hipertensión, sedentarismo, dificultades auditivas, estrés persistente y escasa participación social. Entregar una recomendación diferente para cada problema, sin establecer prioridades ni seguimiento, puede generar información abundante y pocos cambios sostenidos.

La intervención multidominio propone organizar esas necesidades dentro de un plan coherente. No significa exigir que todo cambie al mismo tiempo. Significa seleccionar los objetivos de mayor relevancia, avanzar de manera progresiva y evaluar los resultados.

El ensayo clínico aleatorizado U.S. POINTER, publicado en JAMA en 2025, aporta evidencia reciente en esta dirección. Durante dos años comparó dos programas multidominio en 2.111 adultos de 60 a 79 años con mayor riesgo de deterioro cognitivo. Ambos incorporaron actividad física, alimentación, desafíos cognitivos, participación social y monitoreo de la salud cardiovascular.

Los dos grupos mejoraron su cognición global, pero la intervención estructurada —con mayor intensidad, apoyo y seguimiento— produjo una mejoría superior. El estudio no demostró una reducción en la incidencia de demencia, pero sí mostró que un programa organizado y acompañado puede generar beneficios cognitivos medibles.

Este resultado refuerza una idea esencial: no solo importa qué recomendamos. También importa cómo ayudamos a implementar, sostener y adaptar esas recomendaciones.

 

La salud cognitiva también se construye en el entorno

La actualización incorpora recomendaciones sobre la reducción de la exposición a la contaminación del aire, tanto ambiental como doméstica. La certeza de la evidencia se considera todavía muy baja y la recomendación es condicional, pero su inclusión representa un avance conceptual importante.

La salud cognitiva no depende exclusivamente de elecciones individuales. También está influida por las condiciones de vivienda, la calidad del aire, el acceso a espacios seguros, la educación, la disponibilidad de alimentos saludables, los servicios sanitarios y las oportunidades de participación social.

Esta perspectiva es especialmente relevante para América Latina y otras comunidades hispanohablantes, donde las desigualdades pueden determinar quién accede a una evaluación temprana, a un auxiliar auditivo, a un programa de actividad física o a un seguimiento profesional.

Por eso, reducir el riesgo de demencia requiere una responsabilidad compartida. Las personas pueden tomar decisiones saludables; los profesionales pueden evaluar y acompañar; las instituciones pueden crear programas accesibles; y las políticas públicas pueden favorecer entornos que hagan posible sostener esos cambios.

La prevención deja así de recaer únicamente sobre el individuo y se convierte en una tarea clínica, comunitaria y social.

Lo que todavía estamos aprendiendo también impulsa el avance

La guía identifica áreas en las que aún no existe evidencia suficiente para recomendar una intervención con el propósito específico de reducir el riesgo de demencia. Entre ellas se encuentran determinadas intervenciones sobre el sueño, la depresión, el deterioro visual, el accidente cerebrovascular, el traumatismo craneoencefálico y el VIH.

Esta conclusión debe interpretarse con cuidado. No significa que estas condiciones sean irrelevantes ni que no deban evaluarse y tratarse. La salud del sueño, la atención de la depresión, la prevención secundaria después de un accidente cerebrovascular y el manejo de las demás condiciones siguen siendo necesarios según las guías clínicas correspondientes.

Lo que la OMS señala es que todavía no contamos con evidencia suficiente para afirmar que una intervención específica reduzca, por sí misma, la incidencia de deterioro cognitivo o demencia.

Reconocer estos límites no debilita la neuroprotección. Permite diferenciar entre lo que ya sabemos, lo que ofrece resultados prometedores y lo que necesita nuevas investigaciones. Una disciplina científica avanza tanto por sus respuestas como por la calidad de las preguntas que todavía mantiene abiertas.

Qué cambia en la práctica profesional

Durante demasiado tiempo, la prevención cognitiva se ha comunicado mediante recomendaciones generales: comer mejor, hacer ejercicio, dormir bien o mantenerse mentalmente activo. Todas pueden ser valiosas, pero una lista no constituye un programa de intervención.

La nueva guía fortalece el paso desde el consejo aislado hacia una práctica estructurada. Para los profesionales, esto implica desarrollar capacidades concretas:

  1. Evaluar de manera integral. Integrar historia clínica y funcional, salud cardiovascular y metabólica, cognición, estado emocional, audición, actividad física, alimentación, participación social y condiciones del entorno.

  2. Identificar prioridades. Reconocer qué factores están presentes, cuáles pueden producir mayor beneficio y cuáles requieren atención inmediata o derivación.

  3. Personalizar la intervención. Adaptar los objetivos a la edad, la capacidad funcional, la cultura, el nivel educativo, los recursos, las preferencias y la red de apoyo.

  4. Convertir objetivos en acciones. Definir actividades, frecuencia, intensidad, apoyos e indicadores que permitan llevar la recomendación a la vida cotidiana.

  5. Acompañar y medir. Evaluar adherencia, cambios clínicos, desempeño cognitivo, funcionalidad y barreras, ajustando el plan cuando sea necesario.

Esta es una oportunidad para avanzar del modelo reactivo, que espera la aparición del deterioro, hacia una práctica que construye salud cognitiva y actúa dentro de las ventanas de prevención disponibles.

También es una oportunidad para diseñar servicios y programas sostenibles, éticos y con impacto real. La evidencia necesita profesionales capaces de traducirla en soluciones accesibles antes de que la autonomía se encuentre comprometida.

Mi análisis: la neuroprotección sí tiene un lugar central en la prevención

Durante más de 25 años he insistido en la necesidad de actuar antes. He defendido la neuroprotección no como una promesa de invulnerabilidad, sino como una manera de crear condiciones que favorezcan el funcionamiento cerebral, fortalezcan la reserva cognitiva y reduzcan la exposición acumulada a factores que pueden comprometerla.

La nueva guía de la OMS refuerza esa convicción.

Para mí, la neuroprotección es el primer paso hacia una prevención posible. Es un marco que integra evaluación temprana, salud cardiovascular y metabólica, actividad física, estimulación cognitiva, bienestar emocional, salud sensorial, participación social y cuidado del entorno. Su valor no depende de una acción aislada, sino de la interacción entre múltiples componentes sostenidos a lo largo del tiempo.

Hablar de prevención no significa afirmar que todos los casos de demencia pueden evitarse. Significa reconocer que el riesgo puede modificarse, que algunas trayectorias pueden retrasarse y que preservar la función durante más tiempo tiene un enorme valor para la persona, su familia y la sociedad.

También significa ampliar el objetivo. No trabajamos únicamente para disminuir una probabilidad futura. Trabajamos para que las personas lleguen a la madurez con más recursos cognitivos, mayor capacidad funcional, mejor participación social y más posibilidades de conservar su autonomía.

Por eso creo firmemente en la neuroprotección como una estrategia protectora y preventiva basada en evidencia. Creo en intervenir de manera temprana, en fortalecer la reserva cognitiva, en acompañar los cambios y en medir su evolución. Creo también que esperar a que aparezca un deterioro significativo nos hace perder oportunidades valiosas de actuación.

La OMS no cierra el debate; nos ofrece una base más sólida para continuar avanzando. Nos muestra dónde la evidencia es fuerte, dónde es prometedora y dónde debemos seguir investigando. Sobre todo, confirma que la salud cognitiva puede y debe construirse antes de que la enfermedad ocupe el centro de la vida.

Esta es la perspectiva que debemos impulsar hacia 2030: pasar del conocimiento a la acción, del consejo aislado al programa estructurado y del profesional reactivo al arquitecto de salud cognitiva.

La ciencia continúa avanzando. Nuestra responsabilidad es avanzar con ella y convertir cada nuevo conocimiento en más oportunidades de prevención, autonomía y vida plena.

Para profesionales: ¿estamos preparados para transformar estas recomendaciones en programas de neuroprotección accesibles, personalizados y sostenibles? Los invito a continuar esta conversación y a seguir los próximos contenidos de Grupo Sinapsis sobre cómo llevar la evidencia a la práctica.

 

Dra. María Olivia Goncalves, PhD

Neurocientífica y CEO de Grupo Sinapsis


Referencias principales

  1. World Health Organization. Risk reduction of cognitive decline and dementia: WHO guidelines, second edition. 15 de julio de 2026. Consultar la guía.

  2. World Health Organization. Risk reduction of cognitive decline and dementia: WHO guidelines: executive summary, 2nd ed. 2 de septiembre de 2026. Consultar el resumen ejecutivo.

  3. World Health Organization. Nuevas directrices de la OMS: hasta un 45 % del riesgo de demencia podría prevenirse o retrasarse. 15 de julio de 2026. Consultar el comunicado.

  4. Baker LD, Espeland MA, Whitmer RA, et al. Structured vs Self-Guided Multidomain Lifestyle Interventions for Global Cognitive Function: The US POINTER Randomized Clinical Trial. JAMA. 2025;334(8):664-675. PubMed. DOI: 10.1001/jama.2025.12923.

  5. Livingston G, Huntley J, Liu KY, et al. Dementia prevention, intervention, and care: 2024 report of the Lancet Standing Commission. The Lancet. 2024;404(10452):572-628. DOI: 10.1016/S0140-6736(24)01296-0.


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